Pruebas

Posiblemente los que hacían las fallas. atraídos o integrados por sus habilidades. en los grupos de vecinos que jugaban y se divertían levantándolas en las cuatro esquinas de la calle o en la plazoleta. para celebrar los festejos que se iniciaron con la quema de aquellos «parots». seguro. repito, que lo hacían desinteresadamente. Incluso que alentados por el éxi­to de aquello que realizaban, desarrollando sus capa­cidades artísticas. en aquel juego que, tal y como iba incrementándose, exigía cada vez más dedicación, que se trabajaba desinteresadamente por la fiesta o simplemente por la satisfacción del premio, si lo reali­zado lo conseguía. Que incluso se perdiese algún jornal, sin compensación posible. del trabajo de cada día, de pintor. tallista, escultor, carpintero, marmolista, escribiente contable. zapatero remendón o simple empleado de los ferrocarriles, de las profesiones de que vivían.

Que el colaborar en la lalla les descubría aquello que querrían estar haciendo siempre. Lo que les apa­sionaba, lo que les hacía sentirse pagados con los elogios que recibían por su obra.

Y que, si se les pagaba por ésta, su vocación, siempre impulsándoles a superarse. Acaba convirtiendo en exiguo el presupuesto estipulado.

Con lo referido, pues, quiero hacer constar que siempre fue el artista el primer contribuyente de la falla. El que, por superarse logró que ésta se incrementase y prestigiara cimentando la base de una profesión dedicada exclusivamente a ellas.

Una profesión surgida del pueblo, de la evolución de una costumbre que exigía la dedicación exclusiva. Lo que empezó siendo un juego de unos días estaba ya exigiendo semanas y meses de trabajo. Ya no podían hacerse por afición y divertimiento.

La construcción de las fallas requería más locales capaces para la evolución que experimentaban. instalaciones de alumbrado. caballetes, andamios y, sobre todo, pagar jornales. Gastos que, naturalmente, debían salir de los presupuestos que las comisiones dedicasen a ellas, según sus posibilidades y aspiraciones.

Una profesión que exigía emplearse exclusivamente a ella, que por el auge que estaba tomando. hogueras en Alicante, Piras en Tarragona y su proliferación por casi todos los pueblos valencianos, demandaba artistas que se dedicasen exclusivamente a ella.

No sé si fui un visionarlo. A los treinta años, cuando se ha estudiado Bellas Artes por hacer fallas, practicado periodismo y colaborado en revistas y tebeos, se veía claro que tal y como entonces funcionábamos los que nos dedicábamos a hacer fallas, la demanda de éstas, nos iba a pillar sin medios ni preparación para afrontarlas.

En este edificio, situado en el nº 21 de la Plaza del Mercado, existió el Café Valenciano, en el que, en su piso superior, una noche, mediado el año 1932, se constituyó legalmente la Asociación de Artistas Falleros

Y llegué a la conclusión de que, si los artistas no nos uníamos para prepararnos y poder hacer frente a lo que se nos venía encima, estábamos perdidos. Había, pues, que procurar unirnos para acabar con el caos que existía entre nosotros y procurar la fortaleza y el crédito que la Asociación podía darnos.

Sólo había que, uno a uno, y. en tas ocasiones que se podía, en grupo. promocionar la idea y encontrar compañeros que ayudasen a divulgarla y procurar la junta que propiciara la formación. Y estos fueron surgiendo: Regino Mas, Adolfo Ariño, Enrique Vidal, Fernando Roda, Luis Archelos, José Beitia, León, Bulls, Sancho, Navarro…

Los que hacían las fallas por entonces, en gran mayoría, estaban sindicados en aquellas profesiones de las que vivían hasta que, llegado su tiempo, se dedicaban a ellas. Y los había que, por su dedicación a pintar y modelar, pertenecían al Círculo de Bellas Artes, entidad, como se sabe, para defender el Arte.

Pero en nuestro caso de lo que se trataba era de defender a los artistas.

Y si empecé razonando el nacimiento de una pro­fesión que exigía dedicarse exclusivamente a ella, apuntando la necesidad de unirnos para poder afrontar la demanda que auguraba su crecimiento, bueno será exponer la verdad de cómo nos comportábamos como artistas y los medios de que se disponía.

Cada uno campaba por sus respetos. No era que la envidia, si alguien la albergaba, hiciese desear el mal para el envidiado, no; puedo afirmar que nunca se llegó a ese extremo. Pero sí que, cuando alguien se interponía en el logro de una falla, la «propaganda» que se hacía de los oponentes. por un equivocado concepto de la competencia. era de las que dejaba huella.

La competencia por querer todos ganar los primeros premios, con contratos tan dispares que alcanzaban, las que más, tres mil quinientas pesetas y unas doscientas las que menos, provocaban tales despilfarros, tanto salirse de los presupuestos, realizando fallas que aun doblando sus precios no se pagaban, que las consecuencias eran el empeño, el descrédito y el condenarte a trabajar todo el año para pagar a tus acreedores.

Álvaro Miralles, un gran maestro, excelente pintor de abanicos. cartelista, extraordinario artista tallero, decía que el artista, cuando se sentía acobardado por las deudas contraídas en las fallas, se agarraba al primer contrato que le ofrecían como el náufrago al madero que Ilota sin saber si aquél iba a llevarte a una orilla o a meterle más y más en lo hondo del mar para ahogarle.

Y otro botón de muestra, de lo que los artistas decían las Comisiones, era éste: «Al primer ninot que se viste, cuando se cobra el plazo de la falla, es al artista».

Si aparte de todo esto añadimos la penuria de locales que sufríamos -aparte de los almacenes municipales que se nos facilitaban-. alejados, fríos e Inhabitables, existía el tener que abandonar, terminado el trabajo, los moldes de las figuras que habías modelado, bancos, tablones y estantes. por no disponer de almacén para guardarlos.

Todo. pues, aconsejaba la necesidad de asociarnos.

Y lo conseguimos, por fin, el año 1932, mediado éste, reuniéndonos en el piso alto del entonces Café Valenciano, cuyo edificio aún se conserva en la Plaza del Mercado. Nº21.

Los artistas que hacían fallas, integrados en el Circulo de Bellas Artes, mostraron su interés hacia la asociación. realizando este estandarte para premiar, representando a la Asociación de Artistas Falleros, a la falla más artística del año 1933. Fue realizado por Fernando Roda, uno de los fundadores más entusiasta de la Asociación.

Aquella misma noche a petición de Regino Mas que quiso que fuese yo quien informase sobre la necesidad de constituir la Asociación de Artistas Falleros, expliqué nuestros propósitos: conseguir talleres, nuestro economato, escuelas y la creación del Museo donde conservar y salvar las obras de los artistas que hacíamos fallas. Y, sobre todo, recuerdo que fue en lo que más tesón puse, conseguir el respeto, la consideración y la jerarquía merecida por nuestra obra.

Naturalmente, surgió la pregunta de cómo íbamos a sacar el dinero para hacer posible tanto proyecto. Y corno el jugador que tiene las cartas marcadas, saqué la mía, muy pensada: Organizando cada año. con un ninot de las fallas que hacíamos, una Exposición del Ninot que se inaugurase ocho días antes de la plantá y con los ingresos que se consiguieran por las entradas vendidas a los visitantes, ayudamos a sufragar las obras ajenas, y que éstas fuesen posibles. El economato podría defenderse con sus propios ingresos e incluso. ser una ayuda para la creación de nuestras escuelas.

Y en cuanto a los talleres, mientras tanto si se conseguían o no, lograr de todos los estamentos públicos, la cesión de locales como la Feria de Muestras que por entonces sólo celebraba su Gran Feria lnternacional por el mes de mayo, almacenes municipales, de la Diputación e incluso viejos cuarteles del ejército…

Los que habíamos movido aquel tinglado seguíamos siendo los organizadores de todo. No disponíamos de local social, pero nos reuníamos constantemente en el Circulo de Bellas Artes; en el Café El Siglo. en el rincón de los intelectuales, donde se había sentado García Lorca para hablar con Luis Llanas. que también fue un muy estimable artista tallero, director de la Agrupación Teatral La Barraca que representaba las obras del poeta. En el Lion d’Or, hoy Circulo de Bellas Artes, en los talleres, especialmente el de la fábrica de abanicos donde trabajaban Navarrete y Álvaro Miralles. Recuerdo que celebramos dos juntas generales en el mismo Calé Valenciano donde se había constituido la Asociación y otra en el llamado Centro Regional. situado en un caserón existente a espaldas de lo que había sido el edificio de Correos. Local que, de no haber estallado la sublevación, pudo haber sido de la Asociación de Artistas Falleros.

En el siguiente ejercicio tallero celebrarnos en los bajos del Mercado Central, la primera Exposición del Ninot, que obtuvo un gran éxito y nos proporcionó unos muy esperanzadores beneficios. Éxitos que se repitieron en las exposiciones de «ninots» que se celebraron en Zaragoza y en los bajos de la Plaza de Cataluña, que, si bien no nos proporcionaron grandes ingresos, cubrieron gastos y sirvieron para promocionar nuestro arte y la fiesta de las fallas.

Se inventaba lo que fuese con tal de recaudar fondos para realizar los proyectos de la Asociación. Hasta se llegó a organizar una verbena fallera en el recinto de la Exposición Universal de Barcelona, con asistencia de una banda de música valenciana, dulzaineros, buñoleras haciendo nuestros clásicos buñuelos, bailes populares, cohetes. tracas y la plantá, exposición y quema, de una reproducción de la falla que Regino Mas había realizado aquel año en el lugar de la calle de San Vicente que había sido plaza de Cajeros. Falla de Regino Mas celebradísima por el público que llenaba el recinto de Montjuich la noche de San Juan, el 24 de junio del año que, el día 18 del mes siguiente, los salvadores de la Patria, encendían la mecha de la peor, mas nefasta, inútil e Imperdonable de las guerras fratricidas.

No; la Asociación no murió, latía en nosotros apenas nos encontrábamos un par de compañeros artistas de los que hacíamos fallas: pero acabó enterrada entre las cenizas y los cascotes producidos por las huellas de los que calzan herraduras. Sí, sí; volvió a renacer y quizá con más fuerza, pero esto merece un capítulo aparte.

J. SORIANO IZQUIERDO

Publicat en Artfa nº2, 1992